viernes, 4 de junio de 2021

Capitulo 12.

 O: Es solo que a veces esa sensación regresa, como si estuvieras a punto de saltar a un abismo. Te has alejado tantas veces de ese mismo abismo y todos los caminos te devuelven a él, nuevamente, como si fuese inevitable, como si las personas que dijeron que acabarías saltando tuvieran razón. No sé desde cuándo, tal vez desde los 13. Ni siquiera sé cuál fue mi primera obsesión, mi primer corte, la primera cachetada que me di, ni la primera paranoia que tuve ¿El primer ataque de ira? No, tampoco lo recuerdo, solo recuerdo todos esos rostros a los que destruí, la culpa no desaparece. Estoy tan cansada de correr en contra del abismo que solo quiero descansar. Siento una gran atracción por saber que se siente dormir bien ¿Qué pasa si salto? He saltado antes, pero siempre hubo alguien que me hacía quedar, pero no quiero a alguien en mi vida para salvarme, quiero no regresar al abismo, quiero pensar una vida sin ver ese maldito abismo.

L: ...

O: Sí, ya lo sé, los existencialistas franceses tienen razón en decir que "somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros". Gracias por recordarme todas las cosas bonitas que hice en el pasado, no es una duda de mi fortaleza ¿sabes? es más algo de resistencia, de odios no cobrados que no es tan fácil dejar ir y que cuesta seguir llevándolos.

L: ...

O: Me gustaría ser todo eso que piensas de mí. Somos tan parecidos, pero tú tuviste una familia. A  veces me imagino otra yo- con adultos que la protegieran, es triste, lo sé, pero es el cuento que me cuento para poder dormir ¡Rayos! las cosas que haría esa tipa. Tal vez la mujer que crees que soy es esa versión mía sin todos esos problemas encima. 

L: ...

O: jajaja solo llego a artistoide, escribo cada vez menos, y nunca logro aprender a tocar un instrumento ¡vamos! que hasta en eso me ganas. Sí ya sé que no todo es competencia, pero aceptemos que no soy la mejor ni en aquello que realmente me gusta. A veces tengo toda la energía, a veces solo quiero desaparecer. 

L: Se que estas cansada. Quizás no seas todo lo que pienso de ti, quizás lo fuiste, quizás lo serás. Pero si has hecho de todas maneras todo lo que te he visto hacer. Has escrito todas las palabras que he leído de ti. Sé que cansa cargar una piedra enorme por mucho tiempo ¿Recuerdas al Sísifo feliz? pues yo creo que no siempre puede estarlo. No está mal descansar, no está mal no tener siempre respuestas. Ni si quiera debemos sentir temor o pena por no tener las palabras adecuadas que ofrecer, en momentos como estos, en los que quizás este abrazo sea lo mejor que te puedo dar.


[la abraza]

jueves, 3 de junio de 2021

Capitulo 1.

Leo y Ofelia terminaron el 23 de junio por diferencias inexplicables. Sus similitudes eran muy evidentes, por eso me cuesta entender las diferencias que los separaron. Duraron un poco más de dos años: otoños hermosos, pero ningún verano. 

Se vieron por primera vez cuando coincidieron en la clase de una escuela de idiomas, pero nunca se presentaron. Cruzaron palabras, pero no fue en su idioma. Estudiaban en la misma universidad, se reconocían una que otra vez, pero ninguno se atrevió a hablarse. Ambos con miles de cosas en la cabeza que se callaban cuando uno pasaba al frente del otro.  Él pensaba: esa es la señorita que siempre tiene un libro de Wilde que parece una biblia. Ella pensaba: él es el chico que puede hablar de la muerte sin reparos. Cuando pasaba ese minuto de coincidencias, ambos seguían con sus vidas. 

Después de reconocerse por un año en la misma universidad, en la misma sala de estudios, en la misma librería “Libro viejo”, en las mismas exposiciones y hasta en las mismas marchas; ella tomó la iniciativa de hablarle. Lo vio mirando una pintura en la exposición temporal de los estudiantes de arte de su universidad. Se paró justo detrás de él, observando como él veía la pintura. Le preguntó qué le parecía. Él  bastante seguro de sí, dijo que se nota que la exposición es de estudiantes de primeros ciclos,  en especial el que tenía en frente. Ella lo tomó como un insulto a la pintura y algo de arrogancia por parte de él. Leo trató de volver a explicarse -Se nota por el ímpetu, todas las ganas de romper cosas, de la vehemencia de un artista, pero por falta de una técnica sólida esa vehemencia está esparcida y se pierde- Se quedaron hablando sobre la pintura durante varios minutos y otros temas extrapolados de la pintura, como si ambos supieran de lo que estaban hablando, como si fueran expertos en arte y otras cosas de las emociones  humanas, hasta que ella le reveló su nombre:

-Por cierto, mi nombre es Ofelia Bustamante, la autora de la pintura- Leo miró la descripción de la pintura, su rostro se descompuso por unos segundos. Se estaba sintiendo avergonzado. Habló dos horas como si conociera a la artista detrás del cuadro. Ofelia le sonrió. 

-No te preocupes, acertaste en un 50% sobre las cosas que me contaste sobre mí, pero me asustaste. Debo dejar de poner tanta información en mis cuadros- Hasta ese momento, nadie se había tomado la molestia de desmenuzar emocionalmente algún cuadro de Ofelia, ni a ella. Técnicamente, si, muchas veces. Pero desmenuzar las emociones que ella dejó el en cuadro era algo totalmente nuevo.

-Pero un artista hace eso, transmite. En el cuadro me transmitiste el 50% de lo que sentías. No dejes de hacerlo- le replicó Leo, observando aún la pintura.  

Ofelia tenía clase en unos minutos, se despidió y se alejó. Leo ya había perdido la única clase para la que fue ese día a la universidad; la vio alejarse, sin pedirle alguna forma de contactarla. La verdad, es que ella se había avergonzado por las cosas que Leo dijo sobre su cuadro y decidió escapar, siempre hacía eso cada vez que se sentía descubierta. 


lunes, 9 de noviembre de 2020

La casa siempre se sintió vacía

 ¡Apesta a mierda!

Esa frase puede venir de mi padre, pero venía de otro policía. Tocaba la puerta de mi casa fuertemente, la cabeza me dolía, mientras todo se hacía nubloso.  Sus golpes en la puerta solo agravaban el dolor y me sacaban del adormecimiento.  Empezaron a gritar el nombre de mi madre, una voz conocida y de mujer:

 – Virginia, ¿estás ahí? -

Hace un mes que no escucho ese nombre, la última vez que lo escuché fue en boca de mi padre, antes de que pasara todo.

Aquel lunes, me desperté temprano para ir al colegio. Me preparaba el desayuno y mi madre me miraba desde el comedor, se notaba llorosa, pero estaba acostumbrada a esa escena, siempre la misma escena: es mejor no preguntar.  Seguí con el desayuno, le di comida a los perros y a las gallinas, mi mamá me seguía con la mirada. Empecé a preguntar, no porque quisiera, me sentí obligada a repetir la escena una vez más, como si fuese mi destino.

-Tu padre volvió con su esposa, nos dejó nuevamente, no sé qué será de nosotras-

Mi padre tiene dos mujeres: su esposa y mi madre, por suerte, a mí nunca me tuvo. Cada cierto tiempo quiere “hacer las cosas bien” y se aleja de nosotras, eventualmente vuelve. Primero vuelve con violencia, golpea a mi madre porque piensa que estuvo con otros hombres en su ausencia. Luego se arrepiente o simplemente cree que mi mamá ya aprendió a respetarlo, compra cosas y finge que somos una familia. Para su mala suerte no soy buena fingiendo, mi madre siempre me reprochaba eso, que por eso mi padre se siente mal, porque no le sonrío, porque no finjo que él es mi padre, porque no soy agradecida. Su violencia también llega hacía a mí, no con golpes, con insultos. Los momentos en las que hay cierta calma es cuando él decide hacer las cosas bien e irse.

No pude decirle nada a mi madre, creo que con el tiempo he perdido las emociones hacía ella. Antes solía consolarla, la abrazaba y le decía que nosotras podemos solas. Eventualmente, él regresaba y la escena se repetía una y otra vez.  Esa vez solo me puse el uniforme y me fui.

Al regresar del colegio, mi padre estaba ahí, pero no mi madre. Me preguntó por ella. Le repetía que no sabía, que recién llegaba. Me dijo que era una puta igual que mi madre, que la mataría y se fue.  Llamé a mi mamá en varias ocasiones, espere su llamada por horas. Estuve viendo el celular y la ventana durante horas para ver si ella volvía.

Ellos Llegaron en la madrugada, mi papá estaba ebrio y traía de los pelos a mi mamá, la aventó al sillón de la sala y empezó a golpearla, yo huí a mi cuarto, la escena se repetía, no quería escuchar, ni oír. Pero es inevitable, en unos minutos  escucho sus gritos, quisiera poder ayudar a mi madre, pero no sé cómo. Intento salir, intentó poder ayudar a mi madre. Estoty en la puerta de mi cuarto, sosteniendo la perilla, respiro rápido mientra solo escucho a mi padre gritar. Al abrir la puerta estaba él y su manos alrededor del frágil y delgado cuello de mi madre, su pistola estaba en el piso, mi madre estaba morada, casi no respiraba.  Corrí directo a la escena.

No pensé demasiado, no recuerdo lo que dije agarré el arma, corrí hacía mi padre, pude sentir como la pistola chocaba directamente con su cabeza, y presione el gatillo, una, dos, tres, cuatro veces, hasta que dejó de sonar el retumbar de la pistola, hasta que dejó de tirarme para atrás.  Él cayó al piso, se iba formando una gran mancha roja en el piso, la sangre alcanzaba a mis zapatos de colegio. Solo me quedé viendo la escena, con la pistola aún en mi mano, no pensaba, no actuaba, aún me cuesta creer que respiraba. Cuando mi madre se reincorporó, me miró horrorizada, como si yo fuese el monstruo, se alejó de mí y del cuerpo de mi padre con el rostro irreconocible. Pasaron minutos o segundos y ella empezó a gritar, se acercó para golpéarme, hace tanto que no lo hacía, movía su boca, pero mentiría si dijera que sé lo qué dijo, nunca solté la pistola. No sé cuántas balas quedaron en su cuerpo, solo dejé de disparar cuando la pistola quedó vacía, no quería hacerlo, enserionoloqueríahacer, la cabeza me dolía ella me seguía mirando como si yo fuese el monstruo tal vez lo era, ella nunca pudo quererme, ella no podía quererme, ella solo podía querer a papá. Mientras veía su cuerpecito estirado y lleno de sangre, tiré la pistola y empecé a llorar, hubiese preferido matarme a mí antes que a ella.

Despues de eso hubo demasiado silencio, en la casa y en mi mente. Fui a bañarme, a lavar el uniforme del colegio que nunca me llegué a quitar, a sacar la sangre de mi zapato y me fui a dormir. Desperté como todas las mañanas, hice el desayuno, y le di de comer a los perros y las gallinas, y fui al colegio. Llegué a la casa y todo seguía igual, pero yo ya no sentía nada. La casa siempre se sintió vacía, siempre hubo dos cuerpos que no sentía,  y yo siempre estuve sola.  La muerte no cambio nada, la casa se mantuvo vacía: Nadie me amo, nunca amé a nadie.

Pasó una semana, yo seguía con la misma rutina, de vez en cuando hablaba con mi mamá, a ella la puse en la sala, sentada, con la televisión prendida. A mi padre le eché todo el formol que pude y lo dejé en la basura.  En una ocasión puse mi cabeza en el regazo de mi madre, sé que ella jamás me lo hubiese permitido si estuviera viva. Le conté lo que me había pasado en el colegio y almorce con ella.  Una vecina venía a preguntar por mi madre diariamente y por los sonidos de los disparos que dije que fueron cohetes. 

Creo que el policía llegó a abrir la puerta. Para ese entonces, yo estoy entrecerrando los ojos, solo escucho sus pasos, parece que viene con más personas. Escucho a la vecina vomitar al ver a mi madre sentada en el sillón. Dos policías me encuentran, me miran con cara de susto. En mi mano, con venas abiertas, hay un semanario, de esos que entregan los cristianos o testigos de jehová; en ella hay una foto de una familia; un padre, una niña y una madre, todos felices.  Solo no quería que me quiten eso al encontrarme, mientras cortaba mis venas me aseguré de que mis tendones puedan seguir sosteniéndolo. Uno de los policías me cerro los ojos y sentí como esa imagen fue arrebatada de mi mano.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Mírame

Lo busqué entre la gente. Las luces apuntaban justo a mi rostro, el público estaba a oscuras y no podía ver si él se encontraba entre la multitud. Tenía que comenzar la escena.

Primera escena:

Pensativa entra al cuarto con un monologo sobre el papel que le tocó en este mundo. Mira al espejo y agarra el cuchillo que tenía rastros de sangre seca. Empieza a describir los golpes y fisuras que dejaron figuras masculinas sobre su piel, que abrieron una herida en su cuerpo y dejaron entrar al mundo entero. Se recordará de niña para llorar. Recordará espacios de su vida para interpretar a Marcela.

– Yo estaba sola, yo jugaba sola y él fue la única compañía. Tocarme era el pago por su compañía. Eso comprendí a los 7 años – Sentencia Marcela, mientras aprieta el cuchillo en su brazo izquierdo.

Hay unos minutos de silencio, mientras ella sale de la habitación y vuelve dando carcajadas, sosteniendo una copa de vino, dando brincos y salpicando el vino por la habitación. Pasa de desesperación a euforia en un minuto. Habla sobre su padre y su relación con la bebida. Habla sobre lo feliz que es cuando está adormecida. Habla sobre como metería a varios hombres en una casa de torturas y los haría llorar, los haría suplicar y luego morir, todo eso lo dice enfadada. Esa noche interpretaba a todas las mujeres enojadas en ella.

– Una copa de vino es la justificación perfecta para ser las personas asquerosas que somos. El alcohol es la diversión para algunos; para mí, los golpes de ese hombre a mi madre– Dice Marcela, mientras toma el vino y mira al público.

Aproveché que mis ojos se estaban acostumbrando a la luz y la escena del vino para volverlo a buscar. Mi corazón latía fuertemente, quería que él esté. Pero el teatro era inmenso y no lo veía. Buscaba sus grandes ojos marrones directo hacía mis ojos. Él tenía que verme actuar.

Segunda escena:

Deja de hablar y camina con la copa de vino por la habitación. Tira la copa de vino intempestivamente, empieza a golpearse: Llora Se da cachetadas. Ríe Se rasca con frenesí las heridas recién hechas por el cuchillo. Grita. Se rasguña las piernas. Maldice. Se detiene, mirando al público, y cae de cuclillas a lado de la cama.  Señala su pecho:

– No estoy loca, si eso es lo que creen. Comencé a los 12. Primero fue uno, luego cien. No sé cuántos fueron ¿Pueden ver mi vacío? Me rompieron ya hace muchos años. Sigo respirando por cuestiones físicas, no por voluntad. La vida me pesa, cargo el dolor de todas las que me precedieron. Cuando le conté a mi madre que me tocaba su primo me dijo que eso nos pasaba a todas ¿ven cómo cargo sus dolores?  

Me detuve, hice una pausa al dialogo solo para lograr verlo. Me paré y eso no estaba en escena, sabía que me metería en problemas, pero quería verlo. Me preguntaba si me quería, era mi gran noche por qué no vendría. Hice todo esto por él, soy lo que él quiso que sea. Tiene que estar aquí. Tiene que sentirse orgulloso, tiene que publicar esta gran obra por todas las redes sociales, con esto no me ocultará más, seré todo lo que él quiso que sea. Si vendrá.

Tercera escena:

Marcela grita, algo le duele: se toca la barriga, luego la cabeza. En medio del dolor empieza a reírse, carcajadas intensas, no puede dejar de reír. Se empieza a ahogar. Se sigue agarrando la barriga. Corre rápido a la mesa de noche, abre el cajón y saca diez blisters de clonazepan, las toma de dos en dos:

 – He hecho esto dos veces antes; no morí, siempre sigo respirando. Maldita mi manía de seguir respirando ¿Saben qué es lo peor luego de una violación? ¿les asusta esa palabra? Imagínense a mí. Me gustaría decir que los recuerdos que regresan en formato real o los ataques de pánico o la paranoia de que vuelva a pasar, pero eso no es. –  Mira al público con resignación, como si ya no esperara nada.

 Las toma de tres en tres:

– Lo peor es la falta de fe o de esperanza. Ya no crees en algo, te mueres, pero sigues respirando. Lo peor es el odio, el sentir que no eres tú y que nunca volverás a ser tú. Lo peor es la nada después de eso, el vacío constante, las ganas de que todo pare y que hasta el más pequeño contacto humano te rompe. Ese día llegué a mi casa, dejé todas mis cosas en algún lugar y estoy segura que entre ellas me dejé a mí. Me di una ducha larga. Sangraba por todos lados, me dolía todo, las piernas, el abdomen, el mundo.

Las toma de cuatro en cuatro:

– Traté de engañar a mi mente: eso no me pasó; a mí no. Nadie puede ser tan estúpida para que le suceda una vez de niña y otra, de adulta.  Traté de pensar que solo fue sexo, que yo lo consentí, yo lo provoqué. Mire mis piernas y estaban manchadas de rojo. No sé si en algún momento ese color desaparecerá de ahí. Mi mente no logra entender qué pasó. Lloré toda la noche y publiqué una foto: quería engañar a mi mente, todo estaba bien.

Las toma todas:

– Durante un tiempo estaba mejor. Dicen que soy funcional, tengo un trabajo, ganó mi dinero. Soy funcional, pero en las noches tomo pastillas para dormir. Soy funcional, pero no puedo dejar que me toquen, no tomo transporte público porque me dan ataques. Me apago los cigarros en las piernas y, a veces, veo hombres alrededor mío, me tocan. Le llaman paranoia, yo le llamó realidad. Tengo un sueño recurrente: Me persigue alguien, no sé quién es. Las calles son oscuras, pero hay mucha gente viendo como me persigue. Sigo corriendo, pero me atrapa y me sube la falda, yo agarro una roca y empiezo a golpear su rostro. Él se deforma, pero eso no lo detiene.

Estaba en la escena cumbre de la obra: la muerte de Marcela. Y aún no lo encontraba. No puede no venir, él sabe cuánto me esforcé por esto. Él sabe cómo intento hacerlo sentir orgulloso, ser mejor actriz que él. Le dije que esto era importante para mí. Él vendrá. Empecé el dialogo de las pastillas, estoy harta de ese dialogo. Estoy harta de la obra. No, él no vendrá. Improviso y tomo las últimas pastillas al filo del escenario. Veo la puerta del teatro abrirse. Lo veo entrar, es él. Llegó, tarde, pero llegó al fin. Sus ojos están fijos en los míos, parece molesto o asustado, pero no importa porque llegó. Caigo adormecida, mientras lo escucho decir “Marcela, ¿Qué hiciste?”.

martes, 22 de septiembre de 2020

Los límites del arte

Ofelia se fue de la fiesta con los brazos cruzados, no quería que la noten, pero podía incendiar ese lugar con la mirada. Él logró ver que no estaba bailando como lo estuvo casi toda la tarde, fue a buscarla al paradero, pero ya se había ido. La encontró caminando a unas cuadras del lugar.

Se puso a lado de ella, como si la conociera de años, no recordaba que solo hace un par de meses ella le dijo su nombre tímidamente. Pensó que era la primera vez que la veía triste o molesta, no lograba identificar bien qué sentía ella, solo sabía que algo no estaba del todo bien.

Ofelia seguía con los brazos cruzados por las avenidas. Pensaba en por qué él no decía nada y solo estaba a su lado, acompañándola. Paró de golpe y le preguntó hasta dónde la acompañaría, con un tono rudo, como para ahuyentarlo a pesar de que eso era lo menos que quería. Él le dijo que hasta donde ella se lo permitiera. Ofelia solo lo quedó mirando, extrañada, cuando ella se comportaba así todos se alejaban, estaba acostumbrada y cansada de esa rutina.

Él le preguntó si estaba bien. Ella no pudo contener la mirada en la suya, él la abrazo, nuevamente, como si la conociera de años. Ofelia se sintió extraña, pero no quería que él lo deje de hacer. En unos minutos las mejillas de Ofelia estaban empapadas de lágrimas: Ella no está segura si era de emoción, tranquilidad o felicidad.  Esa tarde, esos meses y esos años conversaron tanto, que se conocieron hasta que ambos entendían sus propios idiomas.

– Fue lo más parecido a llegar a casa, esa sensación de estar en el lugar y tiempo correcto, de ser parte del mundo entero, de encontrar todos los sentidos–  Ofelia me contaba, sin intentar disimular su sonrisa.

–He intentado y seguro, seguiré intentando encontrar mi emoción en canciones o poemas, como suelo hacerlo, pero no la encuentro. Por supuesto, intenté escribir o componer algo y se me es imposible, nada se le asemeja- Me contaba, mientras tomaba una copa de vino y me mostraba sus escritos.   

Ofelia aún busca retazos de poemas o algunas canciones para expresar todo lo que sintió, pero no lo encuentra. Me pidió que escriba esto porque ya no lo puede contener en ese lugar en el que sus emociones se atoran, pero cuando me contó sobre él y ella, supe que hasta el arte tenía límites y que hay emociones que son mucho mejor solo sentirlas; sin palabras, sin música, solo sentirlas, que su sola experiencia completa toda la existencia.

jueves, 30 de julio de 2020

La sonrisa de mamá

La última sonrisa que vi de ella fue antes de la cuarentena. La última vez que nosotros estuvimos con ella, tenía puesto una bolsa negra. La tierra se la tragó y no pudimos despedirnos. Nos quedamos solos, y la casa se sentía inmensa sin ella. En la mañana, mi hermano con los ojos hinchados me dijo desesperado:

– Sonríe. Ya no puedo más.

Intenté abrazarlo, no se dejó.

– Solo sonríe.

–No puedo– contesté llorosa.

Me llevó  al frente de un espejo y puso la foto de mamá a lado: "Por favor, déjame ver su sonrisa, solo una vez más".

Por Dessiré Tito.


miércoles, 8 de julio de 2020

Origen y final

Se encuentran uno al frente del otro, en la mesa hay dos cafés y un postre a medio terminar. Ella lee cuentos de Mariella Sala y él, cuentos de Jorge Borges. Él la mira de reojo: sus lentes se encuentran muy por debajo de su lugar habitual, cerca más a sus labios que a sus ojos. Él los sube con delicadeza y ella le agradece con una sonrisa. Conectados por ese hilo tejido por la literatura, contemplan un paisaje con atardeceres rojos y colibríes que cantan sobre futuras nostalgias. Ellos no saben, pero los atardeceres acabaran pronto, al menos para un "ellos". Ellos aún no lo saben, pero el destino logró lo que siempre ellos temieron.

Por Ofelia Panela.

lunes, 6 de julio de 2020

Él cambió

El día 125 de la cuarentena, lo pasaron como cuando se enamoraron. Ella le preparó el almuerzo y se acurrucaron en la terraza. Una de las vecinas vio la escena, al principio con ternura. Luego, con horror. Ella fue a destapar otro vino, dejó su celular en la terraza y este empezó a vibrar. Ella se asustó, pensó que Cesar se enojaría —seguro es mi hermana— le dijo. Cesar seguía mirando la calle. Ella pensó—Cambió, no volverá a golpearme—. Sonó el timbre.

—¿Quién es?, dijo ella

—policía. Abra, por favor.

Los policías entraron al departamento, uno de ellos vomito al entrar a la terraza. El olor fétido del departamento alcanzaba a todo el edificio, y los vecinos ya lo habían reportado. Mientras metían el cuerpo de Cesar en una bolsa negra. Ella seguía gritando que él no hizo nada, que él la amaba, que desde hace unas semanas ya no la golpeaba, que el cambió, como se lo prometió.

Por Dessiré Tito.

lunes, 30 de marzo de 2020

Dependencia

Él dijo una vez más  “Necesito tiempo solo”. Yo me quedé observándolo ¿cuántas veces lo dijo? Esta vez no lloré. Al menos, no tan de prisa. Recordé todas las veces que sentí que con una cuantas palabras me dejó en miles de pedazos. Él siguió hablando, pero cada palabra entraría en mi mente de una forma desordenada. La primera lágrima se asoma,  mientras la cascada de excusas continúa. En ese instante ya no tengo 26, tengo 5, 10 y 15 años; todos al mismo tiempo. Las preguntas que me hice en esos años regresa ¿Tan poco soy? ¿Por qué no me quiere? ¿Por qué no se queda? Estallo. 

Él ya no logra esquivar las palabras en forma de bala que disparo directo a mi precaria tranquilidad, su cuarto empieza a tener toques de mi ira "por qué no sientes nada, di algo, estás muerto" piensas, lo dices, te arrepientes. Tratas de defenderte. No sirve. Él es impenetrable, él es sereno y un poeta, con sus palabras hirientemente dulces: dice que no soy yo, que es su problema.  Dice  que teme hacerme daño. Dice que me quiere, pero no una vida conmigo. Recuerdas la razón por la que no quieres dormir a las 11 de la noche; es el único momento del día en el que coinciden y pretendes alargarlo. Haces estúpidos comentarios en esas noches “ojala no pase el tiempo” “no quiero que sea mañana”, pero él quiere dormir y, seguramente está bien; pero eso te desespera.

Respiras, tratas de pensar en todas las cosas que hizo por ti. Tratas de no sentir que todos vienen y van en tu vida, tratas de pensar que no es tu culpa. Te calmas. Le dices que si quiere un tiempo se lo das —una vez más—. Te alejas, pero por dentro gritas con todas tus fuerzas diciendo que, por favor, no se aleje. Reaccionas. Le dices que luchen, que tú estás dispuesta a esforzarte, que no bote esos años juntos. Le explicas que su situación no es la mejor, que seguro todo mejorará. Él con sus labios destroza tu voz, tu mente y estabilidad “Me aterra la idea de todas la noches dormir con alguien —contigo—”. Es inútil, te mató. 

Sales de su cuarto. Él no te sigue, pero te lleva de la mano a tus peores recuerdos, como cuando no lograste evitar ese puño en el rostro de tu madre. Te escondiste bajo la mesa cuando tu padre entró al cuarto a reclamarle a tu mamá. Te asustaste, sujetaste fuertemente esa muñeca que te regalo ella. Verás a tu padre empujando a tu madre, mientras ella intenta defenderse. Te dices que a la cuenta de tres saldrás y defenderás a tu mamá. — 1.   2.  3.— no saliste. —1.  2.  3.— puñete. —1. 2. 3.— patadas —1.2.3— gritos. —1.2.3—te tapas los oídos. —1.2.3— lloras. —1.2.3— ¡no saliste, no saliste, no la defendiste! Tu tío entra. Una de tus tías te ve escondida, te saca de ahí. Tu madre defiende a tu papá, le ruega que no se vaya, mientras tu tío lo tiene sujetado. — 1.2.3— tú eres tu madre.

Llegas a tu departamento, temblorosa sacas la llave que te abrirá la puerta al mismo infierno, buscas en la nevera ese pisco que esta desde haces meses, y empiezas a matarte de a pocos ¿Cuántas veces pasaste por esto? ¿Cuántos él hay?

Por Dessiré Tito 

domingo, 26 de enero de 2020

Soltar y volver


Camino por las calles que recorrí por años con él. Esas calles que nos vieron abrazados, que vieron su mano en mi cintura o mi mano en la suya.

Las mismas calles que nos vieron reír, llorar, discutir: sentir. Que nos vieron conversar sobre literatura, poesía y sueños de libertad. Que nos vieron llorar recordando una película que nos abrió el pecho y colocó un corazón o por aquel libro con el final brillante que deseamos escribir, pero que alguien más escribió.

Esas calles me cuentan que la última vez que nos vieron yo estaba triste y él, pensativo; que las canciones que cantaban nuestras mentes ya no coincidían; que si ellos hubiesen sabido que esa sería la última vez que nos veían juntos, hubiesen florecido más, nos hubiesen pintado un mural con atardeceres y cuentos de Wilde.

Ahora, ellas se ven diferentes, me dicen que volverán a ser verdes, que no me preocupe. Serán más verdes que antes y brotaran nuevos tipos de flores, nuevos tipos de aves, que serán más coloridas que antes. Pero que por ahora, las deje con esas hojas secas, con ese otoño color nostalgia. Me confiesan que, a pesar de todo, se alegran que yo volviera; que él fue un gran artista y les gustó escuchar su poesía, pero que yo siempre fui y seré la artista protagónica de sus parques y veredas.

Por Ofelia Bustamante.

jueves, 7 de noviembre de 2019

Dos años más una noche


-A los 23 aún se te permite ciertos errores. Claro, no pueden ser tantos como a los 16-  Le dijo T. sonriéndole a J. mientras tomaba su mano y lo llevaba a la salida de la cafetería. T. cruzaría el océano  al día siguiente. Se iría del país sin fecha de regreso, su hermana mayor había preparado el viaje desde hace unos meses. J.  la miraba; trataba de mantener el mayor tiempo posible la imagen de ella, de su mano agarrando la de él, de su sonrisa, de sus ojos saltones y gestuales. Ella lo llevaba, casi corriendo por la ciudad.

Llegaron a un bar que solo T. conocía, le explico que ante su ausencia ella hizo amigos que la llevaron a ese bar y que cuando iba por el tercer chilcano pensaba que ese bar sería perfecto para J. Pidieron algunas cervezas y corearon las canciones que, en algún momento, fueron el soundtrack de su propio romance. Recordaron ese ritual extraño que hicieron antes de besarse por primera vez, al cual llamaron “bailar tango”. Ninguno de los dos sabía bailar tango, pero lo intentaron hasta que las ganas de besarse pudieron más. Recordaron aquel viaje, un bus que los llevaría a cualquier lado. Recordaron el arte que hacían juntos, ella cantaba mientras él tocaba la guitarra. Recordaron los años que imaginaron juntos. Recordaron las sombras del pasado de ella. Se recordaron. Se besaron. Se admiraron. Lloraron.

Él imaginó como le pediría que no se vaya, pero no tenía el valor. Él ya se había ido hace un tiempo ¿cómo le pediría algo que él no hizo? Ella se imaginó desempacando, diciéndole a su hermana que en Perú estaba bien, que le pondría más ganas al estudio, que para ella el teatro había muerto y que ahora sería una mujer de bien. Ninguno de los dos realizó lo imaginado. Ella tomó el avión que la llevaría a la madurez de un país lejano. Él regreso a su ciudad, en el norte del país. 

No se volvieron a ver. Fueron dos años más una noche que se tuvieron en toda su vida. Él, ni en sus últimos días, entendería las constantes ganas de correr de T. Ella, jamás entendería la quietud de J. Ella huía de su pasado por eso corría; él  estaba maravillado y asustado: Esa era la edad perfecta para sentirlo todo y huir de todo. Ninguno de los dos había sentido aquello, ni lo volvieron a sentir. Solo huían sin saber bien de qué o para dónde. Nunca llegaron al “dónde”, nunca supieron el “para qué”, y eso fue lo hermoso de aquel instante que duró dos años  más una noche.

Por Dessiré Tito

Un cuento dentro de una historia.

En el centro del cuarto, los marcos de las fotografías arden con sus juegos, y promesas de viajes a los cosmos. Las llamas son lenguas que l...