miércoles, 23 de septiembre de 2020

Mírame

Lo busqué entre la gente. Las luces apuntaban justo a mi rostro, el público estaba a oscuras y no podía ver si él se encontraba entre la multitud. Tenía que comenzar la escena.

Primera escena:

Pensativa entra al cuarto con un monologo sobre el papel que le tocó en este mundo. Mira al espejo y agarra el cuchillo que tenía rastros de sangre seca. Empieza a describir los golpes y fisuras que dejaron figuras masculinas sobre su piel, que abrieron una herida en su cuerpo y dejaron entrar al mundo entero. Se recordará de niña para llorar. Recordará espacios de su vida para interpretar a Marcela.

– Yo estaba sola, yo jugaba sola y él fue la única compañía. Tocarme era el pago por su compañía. Eso comprendí a los 7 años – Sentencia Marcela, mientras aprieta el cuchillo en su brazo izquierdo.

Hay unos minutos de silencio, mientras ella sale de la habitación y vuelve dando carcajadas, sosteniendo una copa de vino, dando brincos y salpicando el vino por la habitación. Pasa de desesperación a euforia en un minuto. Habla sobre su padre y su relación con la bebida. Habla sobre lo feliz que es cuando está adormecida. Habla sobre como metería a varios hombres en una casa de torturas y los haría llorar, los haría suplicar y luego morir, todo eso lo dice enfadada. Esa noche interpretaba a todas las mujeres enojadas en ella.

– Una copa de vino es la justificación perfecta para ser las personas asquerosas que somos. El alcohol es la diversión para algunos; para mí, los golpes de ese hombre a mi madre– Dice Marcela, mientras toma el vino y mira al público.

Aproveché que mis ojos se estaban acostumbrando a la luz y la escena del vino para volverlo a buscar. Mi corazón latía fuertemente, quería que él esté. Pero el teatro era inmenso y no lo veía. Buscaba sus grandes ojos marrones directo hacía mis ojos. Él tenía que verme actuar.

Segunda escena:

Deja de hablar y camina con la copa de vino por la habitación. Tira la copa de vino intempestivamente, empieza a golpearse: Llora Se da cachetadas. Ríe Se rasca con frenesí las heridas recién hechas por el cuchillo. Grita. Se rasguña las piernas. Maldice. Se detiene, mirando al público, y cae de cuclillas a lado de la cama.  Señala su pecho:

– No estoy loca, si eso es lo que creen. Comencé a los 12. Primero fue uno, luego cien. No sé cuántos fueron ¿Pueden ver mi vacío? Me rompieron ya hace muchos años. Sigo respirando por cuestiones físicas, no por voluntad. La vida me pesa, cargo el dolor de todas las que me precedieron. Cuando le conté a mi madre que me tocaba su primo me dijo que eso nos pasaba a todas ¿ven cómo cargo sus dolores?  

Me detuve, hice una pausa al dialogo solo para lograr verlo. Me paré y eso no estaba en escena, sabía que me metería en problemas, pero quería verlo. Me preguntaba si me quería, era mi gran noche por qué no vendría. Hice todo esto por él, soy lo que él quiso que sea. Tiene que estar aquí. Tiene que sentirse orgulloso, tiene que publicar esta gran obra por todas las redes sociales, con esto no me ocultará más, seré todo lo que él quiso que sea. Si vendrá.

Tercera escena:

Marcela grita, algo le duele: se toca la barriga, luego la cabeza. En medio del dolor empieza a reírse, carcajadas intensas, no puede dejar de reír. Se empieza a ahogar. Se sigue agarrando la barriga. Corre rápido a la mesa de noche, abre el cajón y saca diez blisters de clonazepan, las toma de dos en dos:

 – He hecho esto dos veces antes; no morí, siempre sigo respirando. Maldita mi manía de seguir respirando ¿Saben qué es lo peor luego de una violación? ¿les asusta esa palabra? Imagínense a mí. Me gustaría decir que los recuerdos que regresan en formato real o los ataques de pánico o la paranoia de que vuelva a pasar, pero eso no es. –  Mira al público con resignación, como si ya no esperara nada.

 Las toma de tres en tres:

– Lo peor es la falta de fe o de esperanza. Ya no crees en algo, te mueres, pero sigues respirando. Lo peor es el odio, el sentir que no eres tú y que nunca volverás a ser tú. Lo peor es la nada después de eso, el vacío constante, las ganas de que todo pare y que hasta el más pequeño contacto humano te rompe. Ese día llegué a mi casa, dejé todas mis cosas en algún lugar y estoy segura que entre ellas me dejé a mí. Me di una ducha larga. Sangraba por todos lados, me dolía todo, las piernas, el abdomen, el mundo.

Las toma de cuatro en cuatro:

– Traté de engañar a mi mente: eso no me pasó; a mí no. Nadie puede ser tan estúpida para que le suceda una vez de niña y otra, de adulta.  Traté de pensar que solo fue sexo, que yo lo consentí, yo lo provoqué. Mire mis piernas y estaban manchadas de rojo. No sé si en algún momento ese color desaparecerá de ahí. Mi mente no logra entender qué pasó. Lloré toda la noche y publiqué una foto: quería engañar a mi mente, todo estaba bien.

Las toma todas:

– Durante un tiempo estaba mejor. Dicen que soy funcional, tengo un trabajo, ganó mi dinero. Soy funcional, pero en las noches tomo pastillas para dormir. Soy funcional, pero no puedo dejar que me toquen, no tomo transporte público porque me dan ataques. Me apago los cigarros en las piernas y, a veces, veo hombres alrededor mío, me tocan. Le llaman paranoia, yo le llamó realidad. Tengo un sueño recurrente: Me persigue alguien, no sé quién es. Las calles son oscuras, pero hay mucha gente viendo como me persigue. Sigo corriendo, pero me atrapa y me sube la falda, yo agarro una roca y empiezo a golpear su rostro. Él se deforma, pero eso no lo detiene.

Estaba en la escena cumbre de la obra: la muerte de Marcela. Y aún no lo encontraba. No puede no venir, él sabe cuánto me esforcé por esto. Él sabe cómo intento hacerlo sentir orgulloso, ser mejor actriz que él. Le dije que esto era importante para mí. Él vendrá. Empecé el dialogo de las pastillas, estoy harta de ese dialogo. Estoy harta de la obra. No, él no vendrá. Improviso y tomo las últimas pastillas al filo del escenario. Veo la puerta del teatro abrirse. Lo veo entrar, es él. Llegó, tarde, pero llegó al fin. Sus ojos están fijos en los míos, parece molesto o asustado, pero no importa porque llegó. Caigo adormecida, mientras lo escucho decir “Marcela, ¿Qué hiciste?”.

martes, 22 de septiembre de 2020

Los límites del arte

Ofelia se fue de la fiesta con los brazos cruzados, no quería que la noten, pero podía incendiar ese lugar con la mirada. Él logró ver que no estaba bailando como lo estuvo casi toda la tarde, fue a buscarla al paradero, pero ya se había ido. La encontró caminando a unas cuadras del lugar.

Se puso a lado de ella, como si la conociera de años, no recordaba que solo hace un par de meses ella le dijo su nombre tímidamente. Pensó que era la primera vez que la veía triste o molesta, no lograba identificar bien qué sentía ella, solo sabía que algo no estaba del todo bien.

Ofelia seguía con los brazos cruzados por las avenidas. Pensaba en por qué él no decía nada y solo estaba a su lado, acompañándola. Paró de golpe y le preguntó hasta dónde la acompañaría, con un tono rudo, como para ahuyentarlo a pesar de que eso era lo menos que quería. Él le dijo que hasta donde ella se lo permitiera. Ofelia solo lo quedó mirando, extrañada, cuando ella se comportaba así todos se alejaban, estaba acostumbrada y cansada de esa rutina.

Él le preguntó si estaba bien. Ella no pudo contener la mirada en la suya, él la abrazo, nuevamente, como si la conociera de años. Ofelia se sintió extraña, pero no quería que él lo deje de hacer. En unos minutos las mejillas de Ofelia estaban empapadas de lágrimas: Ella no está segura si era de emoción, tranquilidad o felicidad.  Esa tarde, esos meses y esos años conversaron tanto, que se conocieron hasta que ambos entendían sus propios idiomas.

– Fue lo más parecido a llegar a casa, esa sensación de estar en el lugar y tiempo correcto, de ser parte del mundo entero, de encontrar todos los sentidos–  Ofelia me contaba, sin intentar disimular su sonrisa.

–He intentado y seguro, seguiré intentando encontrar mi emoción en canciones o poemas, como suelo hacerlo, pero no la encuentro. Por supuesto, intenté escribir o componer algo y se me es imposible, nada se le asemeja- Me contaba, mientras tomaba una copa de vino y me mostraba sus escritos.   

Ofelia aún busca retazos de poemas o algunas canciones para expresar todo lo que sintió, pero no lo encuentra. Me pidió que escriba esto porque ya no lo puede contener en ese lugar en el que sus emociones se atoran, pero cuando me contó sobre él y ella, supe que hasta el arte tenía límites y que hay emociones que son mucho mejor solo sentirlas; sin palabras, sin música, solo sentirlas, que su sola experiencia completa toda la existencia.

Un cuento dentro de una historia.

En el centro del cuarto, los marcos de las fotografías arden con sus juegos, y promesas de viajes a los cosmos. Las llamas son lenguas que l...